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La Memoria del Agua


[2014-10-27]
por Laura Panqueva Otálora

La fuente propia, la cuenca, el pozo, la pila, la bocatoma, la guadua, el tubo, el nacimiento, la quebrada, el río, el acuífero, la lluvia, la totuma, el balde. Todas estas palabras llevan a una sola: el agua. En Colombia existen diferentes formas de acceder a este recurso, desde pozos profundos en la costa norte, hasta sistemas de recolección de agua en la región Amazónica. Aproximadamente 12 millones de personas de las diferentes regiones del país obtienen este líquido de los sistemas comunitarios. Estos, construcciones históricas, sociales y populares ubicadas en los barrios, veredas y municipios más humildes del territorio nacional, narran la memoria de las personas ante este recurso finito. “De la manera como una sociedad se relacione con el agua depende su calidad de vida, su bienestar y su buen vivir”, asegura Javier Márquez, presidente de la Junta Directiva de Ecofondo, entidad nacional que promueve temas medioambientales.

El valor del acueducto, entonces, no solo está en abastecer a varias comunidades, sino que alrededor de este servicio se organizan prácticas sociales y culturales, en otras palabras, conocimiento e innovación popular, que ha pasado de generación en generación. En el informe de la declaración del III Encuentro Nacional de Acueductos Comunitarios de 2011, sus gestores aseguraron: “Nos caracterizamos por ser defensores y promotores de la protección y conservación del agua como bien común de todos los seres vivos y derecho humano fundamental, propendiendo por la justicia ambiental y social en nuestra acción cotidiana, pues garantizamos el acceso al agua en condiciones de igualdad y equidad, sin desconectar a nadie, ya que todos los acueductos prestamos el servicio con trabajo comunitario y nuestros excedentes los invertimos en el mantenimiento y desarrollo de sistemas de agua, así como en el bienestar comunitario”.

A la fecha la Superintendencia de Servicios Públicos Domiciliarios estima que en Colombia hay alrededor de 12.000 acueductos comunitarios. Según el consultor independiente Hernán Darío Correa, “estos sistemas de abastecimiento son de varios tipos, dependiendo de la escala nacional, regional o local desde donde se los reconozca, del manejo ambiental, de su carácter y alcances asociativos, de sus dimensiones públicas y privadas, y de las formas concretas de su legitimidad. Son rurales o peri-urbanos, dependiendo del tipo de poblamiento predominante del municipio del que se trate, y alcanzan porcentajes significativos en cuanto a la población que atienden: la mayoría de los municipios colombianos cuenta con ellos, en algunos casos con coberturas del 20 por ciento de los habitantes”.

Como método de subsistencia, los acueductos comunitarios se han convertido en piezas centrales para el desarrollo de las comunidades más humildes, que si se llegaran a replicar solucionarían graves problemas de abastecimiento en otras poblaciones. Es por eso que se resisten a entregar la administración de sus fuentes a entidades privadas. Y aunque la ley los reconoce, todavía hay comunidades que se encuentran en riesgo, a pesar de su voluntad. Estos problemas legales comenzaron con la expedición de la Ley 142 de 1994.

Según la Constitución de 1991 pueden prestar el servicio de abastecimiento de agua potable las empresas públicas, las privadas y las comunidades organizadas bajo la figura de asociación. Estas se diferencian porque no tienen ánimo de lucro y son de carácter asambleario. Es decir, desarrollan actividades que benefician a la comunidad y al medio ambiente.

Sin embargo, la Ley 142 de 1994 dejó en la práctica por fuera de la normatividad a los acueductos comunitarios. Según el documento ‘Gestión Comunitaria del agua’, “esta ley promueve la transformación empresarial de todos los prestadores, bajo el pretexto de una mayor eficiencia (…). Acompañado de esta transformación empresarial están los grandes operadores especializados quienes bajo su esquema podrán cumplir las disposiciones del Estado. En cambio, los acueductos comunitarios se enfrentaron a exigencias organizativas y administrativas que desconocen su naturaleza”.

Desde este momento, los acueductos comunitarios han entrado en una profunda crisis. El gobierno al priorizar la prestación del servicio por parte de empresas privadas no ha reparado en fortalecerlas. En la actualidad varios acueductos comunitarios se encuentran en proceso de reestructuración y muchos otros, debido a su precariedad, están condenados a desaparecer. Y aunque algunas ONG y entidades oficiales han destinado recursos para rescatarlos, todavía falta mucho por hacer. Es necesario que el gobierno promueva una ley que saque del limbo a estos acueductos pues además de ser una solución para proveer de agua potable a 12 millones de habitantes, pueden ser el engranaje para una estrategia de conservación de las fuentes hídricas.

1. Agua viva en El Carmen de Viboral
A principios de los años setenta, la mayoría de los habitantes de El Carmen de Viboral (Antioquia), se abastecían de agua de varias maneras. En las zonas de ladera construían acequias que la conducían desde quebradas cercanas hasta los alrededores de las viviendas, o en otros lugares se construían arietes hidráulicos que generaban pequeños ascensos del agua. Por el contrario, en las zonas del altiplano el agua superficial era más escasa. Ellos hacían varios recorridos diarios para cargar el agua al hombro hasta la vivienda.

Tras el surgimiento de las Juntas de Acción Comunal, comenzaron a inaugurar diversos sistemas rurales. Su administración y gestión quedó a cargo de juntas directivas provisionales. En los años noventa se independizaron de la acción comunal y obtuvieron su propia personería jurídica. A la fecha, han construido 15 acueductos que abastecen 24 veredas de El Carmen de Viboral, a través de 19 sistemas de tratamiento de agua para el consumo humano que benefician alrededor de 18.000 personas.

Los acueductos veredales han funcionado eficientemente desde su creación. Hoy cuentan con 52.968 kilómetros de red instalada, sin tener en cuenta la tubería domiciliaria, que también ha sido dispuesta para la prestación del servicio.

Agua Viva, la Asociación de Acueductos Veredales de El Carmen de Viboral, nació en 2002 y ha desempeñado un papel fundamental en la movilización social del municipio.

En 2013, Agua viva participó en el concurso ‘A Ciencia Cierta’ de Colciencias, postulando su experiencia en el manejo del agua como factor de crecimiento económico y social. Ocupó el tercer puesto a nivel nacional y con los 20 millones del premio se fortalecieron sus procesos ad-ministrativos y operativos de los nueve acueductos asociados. “Estamos cargando la información de todo lo que se hace en el acueducto. Trabajamos haciendo ajustes a los filtros para asegurar la potabilidad del agua”, dice Jesús Jiménez, quien desde hace 32 años se dedica a fortalecer este servicio en la zona.

2. Papel político de La Unión
Desde 2011, Colciencias financió el proyecto de apropiación social del conocimiento de CT+I bajo la guía de la Corporación Ecológica y Cultural Penca de Sábila, que trabaja en construir procesos de participación y gestión ambiental con comunidades rurales y urbanas. Gracias al proyecto, los gestores del agua de 25 municipios de Antioquia, que cuentan con más de 300 acueductos comunitarios, crea-ron asociaciones municipales y departamentales para consolidar un diálogo sostenido con las entidades públicas y demás organizaciones.

Uno de los casos más exitosos es el del municipio de La Unión, en el oriente antioqueño. Allí surgió la Asociación de Acueductos Comunitarios (Uniaguas) como una propuesta de intercambio de experiencias para fortalecer los acueductos del municipio.

Uniaguas, a través de un diálogo entre los gestores, construye alternativas para mejorar y defender los acueductos comunitarios, lo que los convierte en actores políticos con credibilidad frente a las autoridades. Bajo este esquema se consolidó una propuesta de política pública aprobada en 2012 por el Concejo Municipal.

3 El ‘software’ que modernizó a San Roque
El Acueducto Veredal San Roque mostraba necesidades tanto en el campo ambiental como en el cobro del servicio. No se conservaba adecuadamente la fuente de agua, ni se manejaba técnicamente la información. Se hacía un proceso manual para cobrar el servicio a las personas de la comunidad. De otra parte, la falta de in-formación sistematizada y oportuna impedía a la Junta Administradora del Acueducto planificar adecuada-mente, lo que limitaba las inversiones.

La Junta Administradora concientizó primero a la comunidad sobre la necesidad de manejar la fuente y de procesar información de una forma adecuada, mediante un mejor proceso administrativo y ambiental. Y luego propuso diseñar un programa informático que permitiera optimizar la información del acueducto y los procesos financieros. Era claro que si se lograba controlar bien los ingresos, egresos y registros, se podría calcular el excedente para invertirlo en obras para la comunidad. Anderson Pechene, ingeniero informático y habitante de la vereda, tomó los requerimientos para modelar un software. El resultado fue un sistema de información con varias funciones de gestión, entre ellas, el registro y control de usuarios, la facturación y la creación de informes y estados financieros. “Para mí –dice Pechene– es muy importante apropiarse de lo que nos pertenece como comunidad. Por eso, decidí aplicar mis conocimientos y digitalizar el servicio. Gracias a esto, hemos obtenido mayores recursos”. En cuanto a lo ambiental, se programó una limpieza, un estudio de calidad y cantidad, y una base de datos que garantice el monitoreo permanente a la fuente.

4. Los tanques de Santiago Berrío
Hace muchos años, la comunidad de la vereda de Santiago Berrío, del municipio de Puerto Triunfo (Antioquia), para obtener el agua tenía que esperar a que una locomotora abasteciera un tanque ubicado en la estación de Cocorná. En 1965 un miembro de la comunidad encontró un caño llamado La Polinera, en donde los habitantes empezaron obtener el agua. Un año más tarde llegó a la comunidad un señor llamado Julio, apodado Julio Aljibe porque enseñó a las personas a fabricar esos sistemas.

Hacia finales de la década se construyó el primer pozo profundo comunal, que sacaba agua por medio de una bomba manual. Para 1989 el presidente de la Junta de Acción Comunal, el señor Hernando Galeano, junto con la comunidad gestionó las redes del agua y la bomba eléctrica para este pozo.

Este sistema funcionó hasta 2003 en beneficio de 60 familias. En 2006 este pozo ya no fue suficiente, así que se construyó uno con más capacidad. El alcalde de esa época, Javier Arístides Guerra, apoyó a la comunidad y amplió las redes. Además, hizo un tanque de almacenamiento y un nuevo pozo profundo que se proyectó para abastecer durante 12 años las necesidades comunitarias. En 2010 se inició la construcción de la planta actual de tratamiento de agua que cuenta con filtros purificadores, plantas eléctricas y tanque de distribución por gravedad. En la actualidad se lleva a cabo el cambio de redes colmatadas, a causa del hierro presente en las tierras.

De esta manera se vislumbra un desarrollo que continúa avanzando para surtir de una manera más efectiva a las poblaciones rurales. Ya sea por el aporte de Colciencias o por las gestiones de otras organizaciones, las comunidades demuestran un interés por mantener el control de este servicio que define en gran parte sus tradiciones y su modo de vida.




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